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Exposición Individual: Sebastiá Miralles - l´accent amb el qué dius les coses (final)

11 Enero 2007 hasta el 10 Febrero 2007
 
 
  KESSLER - BATTAGLIA GALERIA DE ARTE

KESSLER - BATTAGLIA GALERIA DE ARTE
Pasaje Giner, 2 Bajo Izqda (Plaza De La Reina)
46001 Valencia
España (mapa de la ciudad)

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tel +34 96 - 392 02 85
www.galeriakessler.com


FUERA DE TIEMPO
Sebastià Miralles

Surgen a menudo, en nuestra práctica de la escultura, interrogantes indescifrables que en el transcurso de ésta no suelen esclarecerse. El tiempo y el espacio son fundamentos inherentes al ser de la escultura, considerada ésta como objeto estático, como experiencia dinámica o simplemente como proceso que implica la temporalidad de su desarrollo, tenemos la necesidad de fijarla a un lugar y a un contexto, pues se nos hace imprescindible para su ubicación real. Lugar, contexto, presencia son nociones esenciales que afectan a la actualidad y visibilidad del objeto en tanto que éste se manifiesta como realidad diferenciada, como entidad que aboga por el presente, constatando así su pertenencia a un tiempo y a un espacio determinado.
Nuestra inquietud coincide con la respuesta que Stephen Hawking dio cuando se le preguntó acerca del presente en la teoría de la relatividad; él contestó: (que) es como un indicador en una carretera. Así pues, establecer parámetros y puntos indicativos en nuestro deambular por el tiempo y por el espacio surge de la necesidad aludida, a menos que divagar sea una condición intencionada con la finalidad expresa de escapar de una demarcación limitada y comprimida por su lícita señalización.
Polarizamos estos dos términos, de algún modo complementarios, cuando no contradictorios, porque entre ellos suelen transitar y discurrir nuestros pensamientos, nuestros desplazamientos de un lugar a otro, pues vagar, deambular, ir, subir, alejarse, marchar, sinónimos todos ellos de búsqueda, de movimiento que va en pos de algún objetivo por ahora desconocido, de necesidad de aventurarse para crear lo inexistente, de ansiedad que busca su satisfacción en lo nuevo o que desea reencontrar su identidad en algún lugar ignoto. Pero, también, reposar, contemplar, reflexionar, quedarse, son sinónimos que convergen en la voluntad de extraer de la Experiencia el conocimiento, de abstraer del cúmulo su esencia, aquello que simboliza a la totalidad aún sin representarla en el detalle.
Transitar entre los dos polos mencionados no significa que forzosamente debamos quedarnos en uno de ellos o saltar incansablente del uno al otro. El sentido del tiempo y del espacio no se establece por nociones absolutas, sino relativas. Ya en el decir de San Agustín observamos que el tiempo no es otra cosa que una dilatación. Y sería sorprendente que no fuese el espíritu mismo. Ese espíritu intangible, que atesora sentimientos y sensaciones obtenidas desde y con la experiencia del propio cuerpo, esa noción vivida que asegura con certeza la relatividad del espacio y del tiempo, podría convertir, de algún modo, esas percepciones en materia tangible y “objetuable”.
Transformar el pasado en presente y rememorizar otros instantes para así salvarlos, en el recuerdo, del abismo del olvido; “vivir” el futuro con la perspectiva de quien desea averiguar el porvenir; o recalar a un momento del pasado que nos dé la certeza de nuestra identidad no diluida en el trajín del movimiento, son siempre aspiraciones que las artes han querido constatar o evidenciar para sí, desde el particular lenguaje de cada una de ellas.
El deseo que motiva este conjunto de obras viene precedido por la necesidad de plantearnos la escultura como una posibilidad experimental, de entenderla como un medio que permite indagar en ciertas zonas del ser, de considerar el objeto como un artefacto capaz de mediar entre el estímulo y el desorden de ese ser y la necesidad de organizar las sensaciones percibidas. Nuestra pretensión (no nos atrevemos a hablar de resultados) ha sido situarnos en un lugar ambiguo, fronterizo: en el lugar en el que toda noción que, denostada por su “inutilidad” (como la del mismo arte), no converja en el conjunto del sistema, para, desde esa situación, poder establecer una forma de pensar la escultura que nos obligue a circular entre el deseo de desvelar lo desconocido a través de la provocación y del azar, y la necesidad imperiosa de condensar el conocimiento obtenido para así definirlo en la quietud del objeto.
De esta manera nuestra conducta cambia, se torna simultánea respecto a la apreciación que hacemos del objeto. La situación con la que nos enfrentamos a él se relativiza también a pesar de su definición como tal y de su lograda coherencia interna. El objeto ya no sólo “habla” de sí mismo, sino que, desde sí mismo, nos apunta hacia otros lugares, otros objetos, otros ensueños. Multiplica así las posibilidades de crecer, no hacia arriba o hacia abajo, hacia adelante o hacia atrás, sino que, como un delta, avanza desparramándose, invadiendo y fertilizando todo aquel territorio que humidifica. Queremos así establecer, que todo aquello que queda al margen no tiene por qué situarse peyorativamente fuera de contexto, fuera de lo real; en primer lugar, porque su pertenencia a la realidad es evidente en la medida en que se conforma como un negativo de ésta y, en segundo lugar, porque desde esa supuesta situación no representativa, late lo paradójico. De ahí brota el lado irónico de lo real. Este aspecto liminar, no hace falta insistir, lo descubrió Freud y los surrealistas lo convirtieron en cantera. A nosotros nos sigue interesando, no desde el idealismo de los surrealistas ni desde las observaciones del psicoanálisis, sino desde el realismo de su evidencia como receptáculo de lo simbólico.
Entendemos el límite como una confluencia de contradicciones, como una tierra de nadie en la que todavía se hace posible la reflexión y el autoconocimiento. Lo concebimos como “un espacio tenso y conflictivo, de mediación y de enlace.”
Ese espacio/tiempo, que simboliza el ser y sobre el cual se interviene, se convierte en un lugar de recepción. Desde sus características como condicionantes, comienza el discurso a cohesionarse y a definir su estructura interna.
Digamos que es su modo de insinuarse. Por tanto, la diversidad se hace necesaria como punto de inflexión entre los propios objetos.
Huimos de la serialidad como repetición constante y obsesiva, como movimiento lineal que marcha en una sola dirección, para interesarnos por la sinuosidad, por la ambigüedad de la duda en los términos imprecisos de lo enunciado.
Creemos que ello nos permitirá resultados desiguales que apuntan simultáneamente en varias direcciones, haciendo del hecho creativo una práctica para la reflexión y, si cabe, para el autoconocimiento.
No creemos estar buscando un tiempo perdido, sino reinventándolo, rescatando para la escultura el valor de su inutilidad. Haciendo referencia a sus múltiples conexiones con la realidad a través de ese divagar, creemos lograr un conocimiento de ésta sin filtros, desmarcando interferencias y proponiendo un acercamiento desprejuiciado hacia las cosas. La escultura cumple así su papel de mediador, de agente del conocimiento. La escultura no encierra el conocimiento, sino que lo hace posible. No lo revela, pues como objeto misterioso que es, nos lo muestra velado. No nos descubre su misterio. Precisamente es el misterio lo que nos inquieta, nos empuja a recorrer el laberinto y motiva el deseo de descifrarlo; nos permite acceder, en el recorrido, a la contemplación de nuestros movimientos, que es tanto como aproximarse al propio conocimiento.
La escultura, de igual modo que otros objetos e, incluso, que muchos otros seres silenciosos, queda fuera de tiempo, fuera de juego, cuando en una buscada complicidad con sus propias debilidades busca subvertir o, al menos, hacer reconsiderar la percepción de la realidad. Para ello debe establecerse lejos de una productividad impuesta y no actuar como un sucedáneo cultural. Debe tratar de fluir penetrando en las cavidades y los recovecos escondidos de la ignorancia y de la insensibilidad. Crear, en su albedrío, imágenes de inquietud y, aún, de regocijo. Y, reconduciendo la vida, reconciliarnos con nuestra propia perversidad.

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